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Oro, bitcoin y whisky: las apuestas favoritas en medio de la pandemia

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En 2009, cuando la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) comenzó a comprar bonos del Tesoro a raíz de la crisis financiera mundial, Richard Hodges salió de su oficina para comprar su primer lingote de oro en Londres.

Durante los siguientes diez años acumuló una colección personal de varios kilogramos, almacenados en su sótano. Hodges, quien también trabaja como administrador de dinero en Nomura Asset Management, considera que las políticas de estímulo del banco central han inaugurado una “era de manipulación de divisas y precios de activos”. Su apuesta es que el oro físico y tangible conservará su valor si todo sale mal y los activos de papel se desploman. “Incluso apilo los pequeños lingotes como lo hacen en las películas”, dice.

Desde la crisis financiera, un coro de inversores y expertos advirtió que las tasas de interés cercanas a cero y la compra de bonos de la Fed inundarían la economía con dólares, elevarían los precios al consumidor y crearían burbujas de mercado destinadas a estallar.

Sin embargo, la inflación ha sido moderada durante la última década, el mapa bursátil mundial ha producido un retorno de más del 150 por ciento en dividendos y los bonos a largo plazo duplicaron el dinero de los inversionistas. Ni siquiera la pandemia y su impacto económico han eclipsado esas ganancias. El precio al contado del oro ha subido menos del 60 por ciento en diez años. Si el metal era una cobertura, estaba planeada contra un desastre que no ocurrió.

Aun así, la demanda de oro ha aumentado recientemente. Hodges compró su último lingote en mayo y no pudo haber escogido mejor momento. Tres meses después, el oro alcanzó un récord de 2 mil 64 dólares la onza frente a los mil 700 dólares de principios de mayo. Actualmente ronda los mil 920 dólares. La ansiedad por la inflación se siente nuevamente en el aire, en particular entre los inversionistas individuales. Incluso si la última década de estímulo no fue suficiente para provocar una subida en los precios, se piensa que los movimientos adicionales de la Fed desde el inicio de la pandemia finalmente despertarán la inflación. Junto con el oro, la gente está atesorando criptomonedas e incluso whisky en la búsqueda de cobertura.

No es que los inversores piensen que la inflación se disparará de forma inminente o dramática. Los precios al consumidor en Estados Unidos aumentaron solo 1 por ciento durante los 12 meses que terminaron en julio. Los precios en los mercados de bonos, donde en la práctica los operadores pueden apostar sobre el nivel futuro de inflación, indican que probablemente subirá… pero con moderación; los inversores de renta fija solo estiman una tasa del 1.7 por ciento durante la próxima década.

Un argumento para la cobertura es que la inflación solo tendría que superar ese 1.7 por ciento en un punto porcentual para impactar al sistema. “Una tasa inflacionaria del 3 por ciento no es una hiperinflación, pero una inflación del 3 por ciento anual puede erosionar tu patrimonio a la mitad en menos de 25 años”, dice Nikhil Chandra, director de inversiones de activos reales de Aviva Investors. “Nadie diría que la inflación está fuera de la mesa”, comenta, y por ello afirma que inversiones generadoras de ingresos, como los bienes raíces, son una forma de protegerse.

Ahora bien, que el oro ofrezca la protección que esperan los inversores es una cuestión más complicada. “El oro es una cobertura contra la inflación poco confiable”, sostiene Campbell Harvey, profesor de finanzas de la Universidad de Duke que se especializa en gestión de carteras y riesgos. Harvey y sus colegas han descubierto que el oro ha mantenido su valor notablemente bien desde la época romana, sin embargo, es vulnerable a manías y caídas durante periodos más cortos. En este momento la cotización del oro, ajustada por inflación, es cara en relación con sus precios anteriores, de modo que si regresa a su promedio a largo plazo, los inversores que se unieron tarde al ‘rally’ podrían perder mucho dinero.

A los inversores en criptomonedas les motiva el mismo sentimiento que a los compradores de oro. Aunque las monedas digitales no son tangibles, la forma en que algunas están diseñadas para un suministro limitado hace que los inversores esperen que éstas conserven su valor si caen las monedas de papel. Bitcoin, la más conocida, ha subido aproximadamente un 60 por ciento este año a unos 11 mil dólares. “El oro, el bitcoin, ambos, creo, son protecciones solo contra esta incertidumbre que hay”, dice Michael Novogratz, fundador y director ejecutivo de Galaxy Investment Partners en Nueva York. Él tiene una cuarta parte de su patrimonio neto invertido en criptomonedas y negocios relacionados.

Al igual que el oro, afirma Novogratz, el bitcoin obtiene gran parte de su valor simplemente de las personas que creen que vale algo (ninguno de estos activos produce ingresos o ganancias). Lo que hace que el bitcoin sea relativamente más atractivo para él es que todavía se encuentra en sus primeras etapas de adopción. Pero el bitcoin es más especulativo que el oro: incluso después de su aumento de precio este año, ha bajado aproximadamente un 40 por ciento desde su máximo en 2017.

James Scott, inversor en propiedades comerciales, tiene un activo favorito mucho más líquido: whisky en barricas. Tiene al menos 4 mil litros almacenados en un depósito en Escocia. Su ahora esposa fue quien lo introdujo al whisky después de burlarse de él por pedir vodka en su segunda cita. Scott comenzó a coleccionar botellas hace cinco o seis años y luego se pasó a las barricas. Hace poco vendió una de ellas de Bunnahabhain de 28 años, producida en la isla escocesa de Islay, en las Hébridas, después de que se apreció un 10 por ciento en 11 meses. “El whisky definitivamente supera a la inflación en barricas”, apunta Scott.

¿Qué pasa si la inflación no se materializa? Para Scott, una buena bebida todavía tiene una ventaja sobre los activos financieros. “El whisky tiene más alma”, dice. “Y al final del día, si no funciona como inversión, puedes tener una gran fiesta”.

John Ainger, Vildana Hajric, Adeola Eribake y Eddie van der Walt con la colaboración de Anchalee Worrachate y Todd White

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